Ágnes Heller

Ágnes Heller, filósofa húngara nacida en Budapest en 1929, está considerada como una de las pensadoras más significativas de nuestro tiempo. De origen judío, fue testigo en su adolescencia de los horrores del Holocausto, experiencia que ejerció una fuerte influencia sobre toda su vida y trabajo. Logró sobrevivir a la guerra y se convirtió en una de las más brillantes representantes de la llamada Escuela de Budapest.

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«Ningún ‘ismo’ es bueno. Los ismos quieren ser la encarnación de la verdad. Los principios filosóficos no tienen que ver con los ‘ismos’. Son preguntas sobre la vida y quiénes somos, y no pueden estar definidas por ningún ‘ismo’, que es algo secundario».

«Solía considerarme marxista, pero ya no. No soy ni marxista ni postmarxista. Soy Ágnes Heller».

Ágnes Heller, filósofa húngara nacida en Budapest en 1929, está considerada como una de las pensadoras más significativas de nuestro tiempo.

Nace en el seno de una familia de origen judío. En su adolescencia fue testigo de los horrores del Holocausto, experiencia que ejerció una fuerte influencia sobre toda su vida y trabajo. Su padre, que ayudó a varias personas a huir de la Europa nazi, murió en el campo de concentración de Auschwitz. Ella y su madre lograron sobrevivir a la guerra, aunque estuvieron a punto de morir en varias ocasiones, como cuando le dispararon, pero debido a su baja estatura, las balas le pasaron por encima de la cabeza.

Paradójicamente, la que se convirtió en una de las más brillantes representantes de la llamada Escuela de Budapest, no era en el terreno filosófico donde pretendía destacar, sino en el científico, sobre todo después de leer una biografía de Marie Curie que le inspiró acerca del papel relevante que podía jugar una mujer en aquello que se propusiera.

Al acabar la Segunda Guerra Mundial, a los diecisiete años, comenzó a estudiar Física y Química en la Universidad de Budapest. Confiesa que por aquel entonces la filosofía le parecía algo completamente inútil, pero asistir por casualidad a una clase del filósofo marxista György Lukács sobre Filosofía de la cultura cambió su vida y, aunque no entendió apenas nada de la terminología usada por el profesor Lukács, sí comprendió que era algo importante relacionado con el sentido de la vida, con las preguntas que le inquietaban desde su adolescencia. Hasta tal punto le impactó que un año después tomó la que según Heller fue la decisión más determinante de su vida, elegir un camino, el de la filosofía, dedicado a entender el mundo, a encontrar respuesta a los interrogantes que la acuciaban.

«Mi padre fue asesinado y también muchos de mis amigos de la infancia. Así que esta experiencia ejerció una influencia inmensa sobre toda mi vida, particularmente sobre mi trabajo. Siempre estaba interesada en la pregunta: ¿cómo fue posible que pasara esto? ¿Cómo puedo entenderlo? Y esta experiencia del Holocausto estuvo acompañada de otra, la de vivir en un régimen totalitario. Esto despertó preguntas muy similares en mis inquietudes personales y en la investigación mundial: ¿cómo puede pasar esto? ¿Cómo puede la gente hacer cosas como estas? Así que tuve que averiguar qué moralidad hay en todo esto, cuál es la naturaleza del bien y el mal, qué puedo hacer respecto al crimen, qué puedo saber sobre las fuentes de la moralidad y del mal. Este fue el primer interrogante. El otro interrogante fue una pregunta de corte social: ¿qué tipo de mundo puede producir esto? ¿Qué tipo de mundo permite que estas cosas pasen? ¿Qué es la modernidad? ¿Podemos esperar redención?».

Abandona sus estudios por los de Filosofía y se convierte en discípula de Lukács, impulsor de la denominada Escuela de Budapest, que postuló un marxismo heterodoxo. Con dieciocho años se une al Partido Comunista, del que fue expulsada en dos ocasiones, la última vez en 1958. «Siempre fui una hereje –señala al ser interrogada al respecto–. Quiero pensar con mi propia mente lo que considero bueno o malo, falso o verdadero».

La revolución húngara de 1956, que cuestionaba el estilo de gobierno estalinista, fue un acontecimiento político importante en la vida de Heller: «En el caso del Holocausto no fuimos actores, fuimos los sujetos de otros actores. No podíamos elegir: decidían por nosotros. En el 56, por primera vez, sentí que algo dependía de mí».

Aquí comienza su etapa de disidente con el sistema. Confiesa que cuando estaba en la oposición contra el régimen comunista no quería simplemente sobrevivir como había hecho durante la guerra, sino algo más, «quería preservar mi dignidad, seguir siendo una filósofa, no renunciar a mis propias opiniones, pero tampoco a mi libertad personal. En esa época, tal vez fui valiente porque serlo significaba seguir siendo una pensadora, no adoptar compromisos con un Gobierno que despreciaba».

En 1973, a raíz del llamado «juicio a los filósofos», resolución del Partido Comunista húngaro que impedía trabajar en las instituciones a todos los hostiles al marxismo-leninismo, numerosos filósofos y sociólogos, entre los que se encontraba Ágnes Heller, por sus posiciones revisionistas del marxismo contrarias a la política oficial, se quedaron sin trabajo en el Instituto de Filosofía y Sociología.

Ante esta situación y la de vigilancia policial y espionaje a que fue sometida, decide abandonar el país. «Solo se tiene una vida y yo realmente quería hacer filosofía, tenía que escribir filosofía. No quería jugar su juego y no quería vivir como un paria, así que decidimos abandonar». En 1977 Heller, que ya se había ganado un nombre con estudios relevantes como La vida cotidiana (1970) y La teoría de las necesidades en Marx (1974) inicia su exilio en Australia impartiendo clases en La Trobe University de Melbourne. Posteriormente, en 1986, fija su residencia en Nueva York, trabajando como profesora de Filosofía en la New School of Social Research.

Pensamiento y obra

En un primer periodo, su pensamiento está marcado por su relación intelectual con Lukács, donde Heller es conocida por ser miembro de la llamada Escuela de Budapest y representar la nueva izquierda del Este («Heller anhelaba una forma de comunismo democrático que se apartara del comunismo totalitario fundado en la U.R.S.S.»).

A partir de ahí encontramos un alejamiento progresivo del materialismo dialéctico hasta el abandono de todo determinismo marxista, a la vez que se intensifica su preocupación esencialmente ética. El sujeto revolucionario, para Heller, no es ya la clase obrera sino el individuo. Su ruptura con el marxismo se pone de manifiesto en frases como  «Solía considerarme marxista, pero ya no. No soy ni marxista ni postmarxista. Soy Ágnes Heller».

Una de las contribuciones más destacadas de Ágnes Heller a la filosofía se circunscribe al ámbito de la vida cotidiana, a través de uno de sus libros más conocidos, Sociología de la vida cotidiana. La autora confiesa que, aunque lo considera todavía un libro marxista, en él ya decide abandonar la dialéctica, rechazar el paradigma de producción y el rol histórico del proletariado.

«Creía que en el estado cotidiano, en el hacer de todos los días, podía lograrse tanta autenticidad como cuando se sale de él. Mi héroe era la heroína de todos los días. Por eso reformulé el problema de la autenticidad».

A partir de su exilio de Hungría la modificación en el enfoque de muchos de sus temas fundamentales se hace aún más evidente.

Siempre se ha destacado en Heller la relación entre su obra y su biografía; en gran parte de sus numerosos libros y artículos ha intentado responder a muchas de sus preguntas acerca del totalitarismo y sus causas, el Holocausto, la moral, la modernidad, la visión del arte y la literatura, etc., abarcando a través de su extensa y multifacética obra un amplio abanico de cuestiones filosóficas, sociológicas, antropológicas y éticas.

En su prolífica obra destacan El hombre del Renacimiento (1963), Teoría de las necesidades en Marx (1974), Sociología de la vida cotidiana (1977), Teoría de los sentimientos (1985), Una revisión de la teoría de las necesidades (1996), Biopolítica (1995) y Una filosofía de la historia en fragmentos (1999).

Miembro de la Academia Húngara de las Ciencias, ha recibido importantes premios de filosofía, además de ser doctora honoris causa por diversas universidades.

«Los filósofos siempre han querido influir en la sociedad en la que vivían. Nunca se conformaron con explicarla». «Todos los filósofos siguen vivos porque nos proporcionan algo precioso: la libertad de pensamiento» (Ágnes Heller).

Bibliografía

Heller, Ágnes. Sociología de la vida cotidiana. Barcelona, Península, 2002. ISBN: 9788483075296

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